A veces siento que ya no puedo enamorarme o, lo que es peor, que nunca estuve enamorada. Entonces siento también que no puedo volar. Y cuando se siente eso, aunque de hecho sabemos que no tenemos alas, cuando sentimos que no podemos volar, creo nos sentimos un poco muertos. Como dijo una vez aquí Santiago Feliú, "todos los cantores que hacemos canciones alguna vez hemos hecho una sobre el suicidio". No sé si el comienzo se refiere al suicidio, sí seguramente a una especie de muerte en vida. Hay una película argentina de Eliseo Subiela que se llama
El lado oscuro del corazón, dónde el protagonista se presenta a las mujeres diciendo que podría perdonarle a una mujer cualquier cosa, menos que NO SUPIERA VOLAR. Cuando en definitiva conoce a alguien del que se enamora, están haciendo el amor y se empiezan a elevar sobre la cama. Por eso es fea esa sensación de no volar, porque sentimos que el amor ya no es para nosotros, que la vida es de los otros y nosotros simples espectadores de miles de historias pero nunca de la nuestra. Se anhela el amor, se sabe de la existencia del amor, se sufre desamor, pero nunca en definitiva ese amor es nuestro. Creo también que todo eso es muy triste.
En mi caso si bien a veces siento todo eso que dice el poema, no pierdo la esperanza de perder el miedo a encontrar el amor. Porque no es que el amor no exista, sino que tenemos miedo de enamorarnos, de entregar todo, para no sufrir. Yo sigo teniendo miedo, pero la ilusión de un minuto de amor me mantiene viva y como diría ese texto que le adjudican a García Marquez, me impide envejecer. Esto es otro tema, porque algunos me dicen que aún no he crecido.
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